El afán de poder del
individuo no suele ser mal visto, es más, acostumbra a ser bien acogido.
El autócrata efectivo
no emplea más que escasos ingredientes de todo el abanico de posibilidades.
Hace uso de los que le garantizan una instrumentación provechosa y la
continuidad de su impulso de mandar.
Esta mezcla de poder
varia en cada persona.
El poder es su
mecanismo básico para abrirse paso en el mundo y generalmente muestra una
acusada tendencia a racionalizarlo en función de su utilidad social y necesidad
moral. Para el autócrata el poder es al mundo social lo que la gravedad al
mundo físico. Es una necesidad social, es la materia de la que extrae el
individuo su amor por el orden. Sin el ejercicio del poder, la organización no
podría ni establecerse ni mantenerse. Dentro de cualquier tipo de organización,
el empleo del poder protege contra la anarquía. Su uso es la responsabilidad
más importante del autócrata.
Por añadidura, el
autócrata comprende que el poder es la fuente del éxito o la causa del fracaso,
y debe por tanto ser tratado con esmero y respeto. No es necesario que posea
una intuición mística del ansia de poder, pero es probable que deposite una
confianza ilimitada en él. Es una muleta emocional que le ayuda en su cojera cuando
otros caerían impotentes al suelo. Para satisfacer las necesidades reales de su
responsabilidad administrativa, el ejecutivo debe objetivar el afán de poder, es
decir, servir a las necesidades realistas de su organización. Si el poder se
utiliza para alcanzar metas realistas, la ulterior adquisición del poder se
convierte en una función o habilidad del ejecutivo. Aunque la adquisición del
poder puede ser legítima por sí misma el poder puede, no obstante, corromper a
la persona que pugne por alcanzarlo, y ésta hará bien en protegerse contra este
posible mal.
El poder autocrático
tiene un aspecto arbitrario, y es la capacidad del ejecutivo para modificar a
su antojo la conducta de otros y al mismo tiempo resistirse a modificar la suya
si ello se opone a sus deseos. Esto se consigue a fuerza de talento. El tratar
con ejecutivos autocráticos enseña a percatarse bien de la diferencia entre la
autoridad y el poder. La autoridad se considera como el derecho reconocido de
usar el poder, pero no es propiamente el poder. Un ejecutivo puede tener poder
sobre otros y carecer de autoridad para hacer uso del mismo. O quizá le falte
poder para emplear la autoridad de que disfruta.
Gran parte del poder
deriva de conocimientos superiores, aptitud para decidir y mandar, o de una
personalidad magnética.
Considérese al
presidente de una gran sociedad anónima. Su voz resonante y contagioso
entusiasmo atrae la atención inmediata. Donde quiera que vaya domina su medio
ambiente. A este hombre se le dio inicialmente la autoridad orgánica que ahora
detenta porque ha adquirido un amplio grado de poder personal. Debido a que su
habilidad para controlar a los demás excede a la normalmente atribuida a su
posición, su poder excede a su autoridad.
Considérese ahora por
contraste, al ejecutivo que da una orden que no se lleva a cabo. Su poder es
inferior a su autoridad. El subordinado, por su desobediencia, está
acrecentando su propio poder a expensas de su superior.
El autócrata aspira a
un poder superior al de su autoridad. El burócrata, no, por supuesto. El mando
es una necesidad apremiante del autócrata. Contrariamente al burócrata, pocas
veces se pregunta si su poder está basado en la autoridad. Es el secreto de su
éxito, pero algunas veces también la base de su fracaso. Puede cometer el error
de extender su poder tan lejos de los linderos de su autoridad, que se haga
vulnerable.
Por esta causa, el
autócrata puede dirigir sus esfuerzos a lograr dos cosas.
La primera, persuadir
a los grupos que delegan la autoridad, como los consejos de Administración,
para que le otorguen una autoridad adicional con el fin de respaldar el poder
que ya ha adquirido.
La segunda es
eliminar a los elementos que no puede controlar pese a sus dotes de poder.
La fuerza es usada
raramente, porque no siempre resulta eficaz. La fuerza equivale a traducir el
poder del ejecutivo en la forma de acción más extrema y puede constituir una
demostración de mengua, abuso de poder. El ejecutivo que despide a un
subordinado porque no cumple una orden está empleando la fuerza, pero la acción
se produce debido a la autoridad.
La auténtica esencia
del poder autocrático es la facultad de previsión. El individuo cuyas órdenes
son obedecidas posee poder. Si, durante un período dado de tiempo, aquellas son
siempre obedecidas, las consecuencias de una orden futura pueden pronosticarse
con verosimilitud. Cuando hay que recurrir a la fuerza, los resultados dejan de
ser previsibles. La sustitución del hombre despedido no indica necesariamente
que la orden será llevada a cabo, la ejecución muy bien puede retrasarse, el
sustituto puede marcharse por solidaridad con el sustituido. Esta es la razón
de porqué la fuerza raramente acrecienta el poder, sino que lo disminuye sin
razonarlo.
El afán de poder no
debe basarse en una situación social, pues la situación social no significa
poder. La situación social, el status, designa una posición relativa, un rango
o situación que el individuo ostenta en una organización.
El autócrata puede
utilizar los símbolos de su situación social para poner de manifiesto que es
importante y poderoso. Sin embargo, el poder que suele ir ligado a la situación
social es en realidad una característica de la posición. El status puede
simbolizar el poder, pero no puede sustituirlo.
La popularidad
tampoco es poder. Puede ser a veces, consecuencia de éste, pero raramente su
existencia llevará implícita la del segundo.
En resumen, la
autoridad, la posición social, y la popularidad carecen de significación para
el individuo si no están en relación con el apoyo inmediato del poder y la
definitiva sensación de la fuerza. Y cualquiera que sea la autoridad, la
situación social y el prestigio, el autócrata está bien pertrechado de
habilidad para controlar a los demás a los que son capaces de retener y
disfrutar de estos importantes atributos. De ahí, su afán por el mando.
Emilio Jesús Argelés Fernández
Una visión crítica sobre temas de actualidad económica, política y social.
viernes, 1 de febrero de 2013
miércoles, 14 de noviembre de 2012
Gestión del mercado de trabajo
Estamos
en período electoral.
Hoy
es día de huelga general.
La
efervescencia política en estos días es máxima.
La
situación laboral, entendida como causa o como consecuencia, es centro de
atención de la mayor parte de debates políticos.
En España
una grave situación en la relación de los jóvenes con la actividad productiva
que se manifiesta no sólo en la elevadísima tasa de paro en este sector de la
población, sino también en una baja tasa de actividad, acompañada por una cada
vez más significativa “exportación” de mano de obra joven y cualificada hacia
zonas con mayores niveles de ocupación, esencialmente el norte de Europa,
aunque sin obviar el papel de Latinoamérica.
No creo
que sea exagerado afirmar que la experiencia del desempleo juvenil tendrá
efectos definitivos en las posibilidades de inserción en las actividades
productivas del grueso de los miembros de las actuales generaciones de jóvenes,
configurando necesariamente un complicado escenario del mercado laboral a
futuro.
Aunque
es cierto que existen problemas de desempleo juvenil en la mayoría de los
países industrializados, la dimensión del problema en España no admite un
tratamiento en términos comparables a los de otros países, ni es posible
reducir sus causas a los esquemas de análisis convencionales empleados para
otros países.
La
gravedad del desempleo juvenil en España está en relación con la masividad a la
mayoría de los tramos de edad y permanencia que ha alcanzado el desequilibrio
del mercado de trabajo. De esta forma, aunque pueden existir aspectos
sectoriales importantes, no es conveniente analizar la contratación y los
salarios de los jóvenes prescindiendo del contexto global del mercado de
trabajo.
Una
visión sectorializada del desempleo juvenil que deje de lado las causas del
desequilibrio global del mercado de trabajo puede conducir a la adopción de
medidas que no resuelvan el problema de fondo y que contribuyan a profundizar
la discriminación a futuro de los hoy jóvenes en el mercado laboral.
Es
cierto que existen componentes demográficos, generacionales, educativos y
sociológicos que contribuyen significativamente a agravar la situación de
precariedad de los jóvenes en relación con la actividad productiva, sin
embargo, el problema del desempleo de los jóvenes debe ser enfocado
prioritariamente como reflejo de los problemas estructurales del mercado
laboral español. Y ello en una doble aceptación: por un lado es el resultado de
un profundo desajuste entre los desarrollos institucionales y las necesidades
de un funcionamiento eficiente del mercado que, junto a otros factores, ha
dañado sensiblemente a la capacidad de la economía española para mantener y
crear puestos de trabajo; y por otro lado, porque los costes de este
desequilibrio no han repercutido de forma homogénea sobre el conjunto de los
asalariados. Mientras los asalariados que han logrado mantener su puesto de
trabajo apenas se han visto afectados por esta situación, la mayor parte del
coste ha recaído sobre los asalariados que han perdido su puesto de trabajo o
se han visto abocados a una jubilación prematura, sobre las mujeres, uno de los
eslabones débiles de la cadena y, finalmente, sobre los jóvenes.
Por
esas razones, considero imprescindible una reforma flexibilizadora del mercado
de trabajo como el aspecto fundamental de la política de empleo, sin que con
ello se pretenda negar la conveniencia o eficacia de otras medidas de carácter
sectorial.
La
necesidad de flexibilizar el mercado de trabajo aparece como una constante
prácticamente universal en la totalidad de las recomendaciones de política
económica formuladas por los organismos internacionales y en las políticas de
empleo diseñadas por la mayoría de los gobiernos de los países industrializados,
tanto de la zona euro como al otro lado del Pacífico. Aunque el contenido y los
procedimientos pueden variar sustancialmente de unos casos a otros, la
generalidad de este planteamiento surge de unos sólidos indicios de evidencia
empírica favorable a una rigidez excesiva de los marcos institucionales de los
mercados de trabajo y paralelamente de una evolución reciente en el campo del
pensamiento económico que tiende a atribuir un alto grado de responsabilidad a
la relativa flexibilidad de los mercados laborales en el funcionamiento
macroeconómico en los diferentes países.
Sin
duda el origen de todos los planteamientos actuales sobre la necesidad de
flexibilización del mercado de trabajo se encuentra en la incidencia de esta
cuestión sobre el funcionamiento agregado de la economía. La demanda de
flexibilidad surge como una exigencia del ajuste macroeconómico y como un
instrumento de política económica para hacer frente a las situaciones de
desempleo masivo.
Este
es el enfoque que ha dominado en las recomendaciones de los organismos
internacionales y que ha sido enfatizado en la literatura sobre la crisis
económica.
Desde
esta perspectiva la regulación del mercado de trabajo ha conducido a un
desequilibrio masivo y permanente que no puede ser combatido en mejorar
sustancialmente su funcionamiento. Desde este planteamiento, el más conocido y
popularizado, el aspecto prioritario de la flexibilización del mercado de
trabajo es hacer que el sistema de remuneraciones sea el adecuado para un
crecimiento equilibrado y que la regulación del mercado de trabajo tenga en
cuenta la situación de desequilibrio existente. Por ello, desde esta
perspectiva el acento se pone en moderar el crecimiento de los salarios,
superar las fórmulas rígidas de indicación y reducir los costes laborales no
salariales. Aunque la importancia de la prolongación de la recesión y los escasos
efectos de las políticas económicas contractivas han reforzado la necesidad de
flexibilización como requisito del ajuste macroeconómico, esta necesidad se
plantea también desde otros vértices que han recibido menos atención pero que
no son menos significativos e importantes.
Conforme
se ha ido profundizando en el debate sobre la flexibilidad del mercado de
trabajo el enfoque se ha ido desplazando progresivamente desde el ángulo de
funcionamiento macroeconómico a las exigencias del ajuste microeconómico.
El
funcionamiento flexible del mercado aparece como un requisito no sólo para
evitar o reducir los desequilibrios agregados, sino para facilitar la
adaptación de empresas y sectores a los estímulos de la nueva relación de
precios relativos, a los cambios en la tecnología disponible y en la propia
organización industrial.
Las
exigencias de ajuste microeconómico, no afectan exclusivamente a la movilidad
del empleo, en su aceptación puramente cuantitativa: ajuste de plantillas,
movilidad geográfica o tiempo de trabajo, sino que requieren una mayor
flexibilidad funcional de la mano de obra que facilite el reciclaje desde las
ocupaciones en decadencia hacia las ocupaciones en expansión. Especialmente, el
cambio técnico es una poderosa fuerza impulsora de ajustes internos en el
mercado de trabajo, para los que resulta muy importante la flexibilidad
funcional: el cambio técnico requiere un ajuste gradual de la fuerza de trabajo
existente y, a la vez, suministra nuevas oportunidades de empleos más
cualificados y con mejores condiciones de trabajo.
Sin
embargo, existen importantes obstáculos que se oponen a estas transformaciones
como son las estructuras ocupacionales rígidas, la baja competencia entre
trabajadores que limita su movilidad, y las prácticas inflexibles de las
direcciones de personal.
Algunos
de estos obstáculos pueden ser superados desde el interior de las relaciones
laborales a través de procesos de negociación y concentración, pero para
superar otros son necesarios cambios que van más allá de los límites de las
empresas. Por un lado, el sistema educativo y de formación profesional es una
pieza fundamental para el reciclaje de la mano de obra, pero, por otro lado, si
la aplicación de las nuevas tecnologías continua incrementando los requisitos
de cualificación que sólo se pueden obtener en el puesto de trabajo, es
necesario modificar el sistema actual de financiación de esa cualificación.
Para evitar barreras a la incorporación del progreso técnico es necesario
reducir los costes que para la empresa supone la inversión en capital humano
mediante sistemas adecuados de ayudas y estímulos.
Es
necesario subrayar que desde esta perspectiva la exigencia de flexibilidad es
más profunda que la que se deriva exclusivamente de la necesidad del ajuste
macroeconómico, pues está vinculada a los cambios en profundidad que se están
produciendo en el sistema hasta ahora vigente, de organización industrial.
Existen unos factores, derivados tanto de la aplicación de nuevas tecnologías
como de la estructura cambiante de los mercados y de competencia que promueve
una organización más flexible de las máquinas y del trabajo. Según ello, el
sistema de producción en gran escala a través de la gran empresa, que ha
condicionado el modelo actual de relaciones laborales y de acción sindical,
estaría dando paso a un nuevo modelo de "especialización flexible" de
empresas de menor dimensión que permiten prácticas más flexibles en lo relativo
a la innovación y a la definición de los empleos y de las calificaciones.
Las
motivaciones aducidas hasta ahora en las demandas de flexibilidad del mercado
de trabajo: mejor funcionamiento macroeconómico, ajuste microeconómico y
adaptación a los cambios tecnológicos y en la organización industrial, se basan
en la eficacia económica.
Sin
embargo también existen razones basadas en la equidad para adoptar una actitud
positiva en favor de una mayor flexibilidad de los mercados de trabajo, aunque
ello no implica negar la existencia de conflictos entre equidad y eficiencia.
Como
he dicho antes, un reforzamiento de la legislación protectora del empleo puede
dar lugar a una intensificación del empleo oculto e ilegal, aumentando el
número de personas con poca o nula protección. En este sentido es necesario
señalar que resolver los problemas de la rigidez del mercado de trabajo por la
vía falsa y equivocada de la tolerancia a la economía oculta y sumergida comporta
graves problemas, no sólo de ineficiencia, sino también de injusticia, al
favorecer la segmentación y discriminación en el mercado de trabajo y al vaciar
progresivamente de contenido a toda la legislación social.
Así
pues, creo que la flexibilización es una exigencia de ajuste más eficiente y
también más justo al favorecer unos niveles de protección más amplios y más
homogéneos.
Hoy
es día de huelga general.
La
efervescencia política en estos días es máxima.
La
situación laboral, entendida como causa o como consecuencia, es centro de
atención de la mayor parte de debates políticos.
En España
una grave situación en la relación de los jóvenes con la actividad productiva
que se manifiesta no sólo en la elevadísima tasa de paro en este sector de la
población, sino también en una baja tasa de actividad, acompañada por una cada
vez más significativa “exportación” de mano de obra joven y cualificada hacia
zonas con mayores niveles de ocupación, esencialmente el norte de Europa,
aunque sin obviar el papel de Latinoamérica.
No creo
que sea exagerado afirmar que la experiencia del desempleo juvenil tendrá
efectos definitivos en las posibilidades de inserción en las actividades
productivas del grueso de los miembros de las actuales generaciones de jóvenes,
configurando necesariamente un complicado escenario del mercado laboral a
futuro.
Aunque
es cierto que existen problemas de desempleo juvenil en la mayoría de los
países industrializados, la dimensión del problema en España no admite un
tratamiento en términos comparables a los de otros países, ni es posible
reducir sus causas a los esquemas de análisis convencionales empleados para
otros países.
La
gravedad del desempleo juvenil en España está en relación con la masividad a la
mayoría de los tramos de edad y permanencia que ha alcanzado el desequilibrio
del mercado de trabajo. De esta forma, aunque pueden existir aspectos
sectoriales importantes, no es conveniente analizar la contratación y los
salarios de los jóvenes prescindiendo del contexto global del mercado de
trabajo.
Una
visión sectorializada del desempleo juvenil que deje de lado las causas del
desequilibrio global del mercado de trabajo puede conducir a la adopción de
medidas que no resuelvan el problema de fondo y que contribuyan a profundizar
la discriminación a futuro de los hoy jóvenes en el mercado laboral.
Es
cierto que existen componentes demográficos, generacionales, educativos y
sociológicos que contribuyen significativamente a agravar la situación de
precariedad de los jóvenes en relación con la actividad productiva, sin
embargo, el problema del desempleo de los jóvenes debe ser enfocado
prioritariamente como reflejo de los problemas estructurales del mercado
laboral español. Y ello en una doble aceptación: por un lado es el resultado de
un profundo desajuste entre los desarrollos institucionales y las necesidades
de un funcionamiento eficiente del mercado que, junto a otros factores, ha
dañado sensiblemente a la capacidad de la economía española para mantener y
crear puestos de trabajo; y por otro lado, porque los costes de este
desequilibrio no han repercutido de forma homogénea sobre el conjunto de los
asalariados. Mientras los asalariados que han logrado mantener su puesto de
trabajo apenas se han visto afectados por esta situación, la mayor parte del
coste ha recaído sobre los asalariados que han perdido su puesto de trabajo o
se han visto abocados a una jubilación prematura, sobre las mujeres, uno de los
eslabones débiles de la cadena y, finalmente, sobre los jóvenes.
Por
esas razones, considero imprescindible una reforma flexibilizadora del mercado
de trabajo como el aspecto fundamental de la política de empleo, sin que con
ello se pretenda negar la conveniencia o eficacia de otras medidas de carácter
sectorial.
La
necesidad de flexibilizar el mercado de trabajo aparece como una constante
prácticamente universal en la totalidad de las recomendaciones de política
económica formuladas por los organismos internacionales y en las políticas de
empleo diseñadas por la mayoría de los gobiernos de los países industrializados,
tanto de la zona euro como al otro lado del Pacífico. Aunque el contenido y los
procedimientos pueden variar sustancialmente de unos casos a otros, la
generalidad de este planteamiento surge de unos sólidos indicios de evidencia
empírica favorable a una rigidez excesiva de los marcos institucionales de los
mercados de trabajo y paralelamente de una evolución reciente en el campo del
pensamiento económico que tiende a atribuir un alto grado de responsabilidad a
la relativa flexibilidad de los mercados laborales en el funcionamiento
macroeconómico en los diferentes países.
Sin
duda el origen de todos los planteamientos actuales sobre la necesidad de
flexibilización del mercado de trabajo se encuentra en la incidencia de esta
cuestión sobre el funcionamiento agregado de la economía. La demanda de
flexibilidad surge como una exigencia del ajuste macroeconómico y como un
instrumento de política económica para hacer frente a las situaciones de
desempleo masivo.
Este
es el enfoque que ha dominado en las recomendaciones de los organismos
internacionales y que ha sido enfatizado en la literatura sobre la crisis
económica.
Desde
esta perspectiva la regulación del mercado de trabajo ha conducido a un
desequilibrio masivo y permanente que no puede ser combatido en mejorar
sustancialmente su funcionamiento. Desde este planteamiento, el más conocido y
popularizado, el aspecto prioritario de la flexibilización del mercado de
trabajo es hacer que el sistema de remuneraciones sea el adecuado para un
crecimiento equilibrado y que la regulación del mercado de trabajo tenga en
cuenta la situación de desequilibrio existente. Por ello, desde esta
perspectiva el acento se pone en moderar el crecimiento de los salarios,
superar las fórmulas rígidas de indicación y reducir los costes laborales no
salariales. Aunque la importancia de la prolongación de la recesión y los escasos
efectos de las políticas económicas contractivas han reforzado la necesidad de
flexibilización como requisito del ajuste macroeconómico, esta necesidad se
plantea también desde otros vértices que han recibido menos atención pero que
no son menos significativos e importantes.
Conforme
se ha ido profundizando en el debate sobre la flexibilidad del mercado de
trabajo el enfoque se ha ido desplazando progresivamente desde el ángulo de
funcionamiento macroeconómico a las exigencias del ajuste microeconómico.
El
funcionamiento flexible del mercado aparece como un requisito no sólo para
evitar o reducir los desequilibrios agregados, sino para facilitar la
adaptación de empresas y sectores a los estímulos de la nueva relación de
precios relativos, a los cambios en la tecnología disponible y en la propia
organización industrial.
Las
exigencias de ajuste microeconómico, no afectan exclusivamente a la movilidad
del empleo, en su aceptación puramente cuantitativa: ajuste de plantillas,
movilidad geográfica o tiempo de trabajo, sino que requieren una mayor
flexibilidad funcional de la mano de obra que facilite el reciclaje desde las
ocupaciones en decadencia hacia las ocupaciones en expansión. Especialmente, el
cambio técnico es una poderosa fuerza impulsora de ajustes internos en el
mercado de trabajo, para los que resulta muy importante la flexibilidad
funcional: el cambio técnico requiere un ajuste gradual de la fuerza de trabajo
existente y, a la vez, suministra nuevas oportunidades de empleos más
cualificados y con mejores condiciones de trabajo.
Sin
embargo, existen importantes obstáculos que se oponen a estas transformaciones
como son las estructuras ocupacionales rígidas, la baja competencia entre
trabajadores que limita su movilidad, y las prácticas inflexibles de las
direcciones de personal.
Algunos
de estos obstáculos pueden ser superados desde el interior de las relaciones
laborales a través de procesos de negociación y concentración, pero para
superar otros son necesarios cambios que van más allá de los límites de las
empresas. Por un lado, el sistema educativo y de formación profesional es una
pieza fundamental para el reciclaje de la mano de obra, pero, por otro lado, si
la aplicación de las nuevas tecnologías continua incrementando los requisitos
de cualificación que sólo se pueden obtener en el puesto de trabajo, es
necesario modificar el sistema actual de financiación de esa cualificación.
Para evitar barreras a la incorporación del progreso técnico es necesario
reducir los costes que para la empresa supone la inversión en capital humano
mediante sistemas adecuados de ayudas y estímulos.
Es
necesario subrayar que desde esta perspectiva la exigencia de flexibilidad es
más profunda que la que se deriva exclusivamente de la necesidad del ajuste
macroeconómico, pues está vinculada a los cambios en profundidad que se están
produciendo en el sistema hasta ahora vigente, de organización industrial.
Existen unos factores, derivados tanto de la aplicación de nuevas tecnologías
como de la estructura cambiante de los mercados y de competencia que promueve
una organización más flexible de las máquinas y del trabajo. Según ello, el
sistema de producción en gran escala a través de la gran empresa, que ha
condicionado el modelo actual de relaciones laborales y de acción sindical,
estaría dando paso a un nuevo modelo de "especialización flexible" de
empresas de menor dimensión que permiten prácticas más flexibles en lo relativo
a la innovación y a la definición de los empleos y de las calificaciones.
Las
motivaciones aducidas hasta ahora en las demandas de flexibilidad del mercado
de trabajo: mejor funcionamiento macroeconómico, ajuste microeconómico y
adaptación a los cambios tecnológicos y en la organización industrial, se basan
en la eficacia económica.
Sin
embargo también existen razones basadas en la equidad para adoptar una actitud
positiva en favor de una mayor flexibilidad de los mercados de trabajo, aunque
ello no implica negar la existencia de conflictos entre equidad y eficiencia.
Como
he dicho antes, un reforzamiento de la legislación protectora del empleo puede
dar lugar a una intensificación del empleo oculto e ilegal, aumentando el
número de personas con poca o nula protección. En este sentido es necesario
señalar que resolver los problemas de la rigidez del mercado de trabajo por la
vía falsa y equivocada de la tolerancia a la economía oculta y sumergida comporta
graves problemas, no sólo de ineficiencia, sino también de injusticia, al
favorecer la segmentación y discriminación en el mercado de trabajo y al vaciar
progresivamente de contenido a toda la legislación social.
Así
pues, creo que la flexibilización es una exigencia de ajuste más eficiente y
también más justo al favorecer unos niveles de protección más amplios y más
homogéneos.
Etiquetas:
desempleo,
desempleo juvenil,
flexibilización,
mercado,
Mercado de trabajo,
paro,
paro juvenil,
trabajo
| Reacciones: |
viernes, 21 de septiembre de 2012
Gestión equilibrada de las universidades privadas
Las universidades privadas están
bajo presión, y con razón, para mejorar su rendimiento. Esto se debe a que sólo una pequeña cantidad
está funcionando razonablemente bien.
Teniendo en cuenta las
instalaciones de infraestructura, las calidades docentes, baja relación
profesor-alumno, el escaso o mal uso de la tecnología informática tanto en la enseñanza como en la gestión, la escasa investigación y la deficiente automatización de las bibliotecas y otros servicios de apoyo
esenciales, hay mucho que desear desde estas universidades no rentables. Además, en algunos casos, incluso hay denuncias de mala práxis.
Urge adoptar medidas correctoras
para revertir esta situación.
Los principales interesados (el
gobierno de las propias universidades, plasmado en los patronatos de sus
fundaciones, los fundadores y, a veces, propietarios reales de las estructuras
de la propia universidad e incluso los propios gestores universitarios) han
de intentar conjuntamente
institucionalizar un sistema que les permita hacer lo que se supone que deben
hacer para satisfacer las expectativas de la sociedad.
La sociedad espera que las
universidades privadas impartan una educación de calidad, socialmente
relevante, produciendo mano de obra altamente calificada, en todos los aspectos
(técnico-científicos y personales) a un coste razonable.
El buen gobierno y mejores
prácticas de gestión son un requisito previo para el aseguramiento de esa
calidad esperada. Las buenas prácticas de gestión son imprescindibles, y no
únicamente en visión de conjunto, sino también a nivel micro, llevando la
excelencia a todos y cada uno de los procesos y tareas de que se configura el
conjunto de la universidad, no únicamente de los procesos docentes, sino
haciendo extensiva la necesidad de calidad a todos y cada uno de los estamentos
de la entidad.
Esa búsqueda de la excelencia a
nivel micro ha de estar coordinada con el alcance de sus objetivos como
institución, dada su visión y misión.
La legislación vigente ofrece un
marco legal y un conjunto de directrices de política, normas y reglamentos,
pero su cumplimiento ha de hacerse a la luz de los propios estatutos de las universidades. La calidad de la educación depende en igual
medida del control del nivel macro de gestión, de la excelencia del nivel micro
de gestión y del equilibrio entre ambos niveles, que se puede hacer efectivo mediante
la aplicación de políticas, normas, reglamentos y procedimientos internos de
gobierno. La coordinación entre las áreas docentes y las de gestión es
imprescindible.
La ley no está destinado
principalmente a "controlar" las universidades, sino que tiene por
objeto facilitar su buen funcionamiento sin desalentar la inversión privada en
la educación superior.
Las universidades públicas y
privadas coexisten, y, en ocasiones, se complementan entre sí.
El grado de buena gobernanza en
el sistema universitario privado se define por la prudencia. Una prudencia que
contrarresta con la osadía que caracteriza la gestión en los ámbitos
empresariales ajenos al mundo universitario. Una prudencia que de un sentido de
solidez, continuidad y robustez del proyecto. Pero una prudencia que no ha de
estar reñida con la innovación y con la aplicación de las más avanzadas
técnicas de gestión empresarial a las estructuras universitarias. Así la
prudencia no debe significar la selección de profesores mediocres, la admisión
de estudiantes también mediocres, esencialmente en consideración al equilibrio
entre los ingresos y los gastos de la cuenta de explotación de la universidad.
La pérdida de la calidad es un
signo de mal gobierno, que desemboca irremediablemente en desequilibrios en la
cuenta de explotación. Así una visión demasiado cortoplacista desemboca siempre
en desequilibrios a medio y largo plazo que pueden, incluso, poner en peligro
la continuidad del proyecto.
Etiquetas:
calidad educativa,
Eficacia,
Eficiencia,
gobernanza,
universidad
| Reacciones: |
miércoles, 25 de julio de 2012
La eficiencia en la actuación de las Administraciones Municipales
A menudo, cuando se hace referencia a
medir la eficiencia de una organización, se hace referencia a una unidad de
producción, ya que la mayoría de estudios desarrollados en este sentido se han
centrado en torno a las empresas.
La facilidad de valorar los
"outputs" producidos y los "inputs" consumidos por las
empresas, y la de disponer de algunos indicadores económicos que valoran la
actividad (por ejemplo, los beneficios, las tasas de rentabilidad de las
inversiones, la participación en el mercado, etc.) son algunas de las causas
que han contribuido a este desarrollo.
En el ámbito de las organizaciones sin
finalidad de lucro, entre las cuales se pueden encontrar las administraciones
municipales, el problema de medir la eficiencia es más difícil. A la carencia
de unos indicadores estándares parecidos a los de las empresas se añade la
dificultad de medir el "output" de estas organizaciones y la de
identificar claramente los "inputs" consumidos en su actividad.
A pesar de todo, el conocimiento del
grado de eficiencia con que actúa una determinada administración municipal le
permitirá disponer de medios para documentar la futura toma de decisiones sobre
la asignación de recursos con criterios más racionales que los que se puedan
deducir sólo examinando el presupuesto.
El análisis de la eficiencia en la
actuación de las administraciones municipales (y en general de toda la
administración pública) a menudo se relaciona y mezcla con una actuación
eficaz, pero ambos conceptos valoran aspectos diferentes de la actividad.
Una institución municipal actuará de
manera eficaz cuando consiga los objetivos que se ha propuesto. Además, una
entidad actúa eficientemente cuando obtiene el máximo "output"
(servicio) de sus recursos disponibles, o bien cuando minimiza el uso teniendo
en cuenta un nivel de actividad o unos objetivos operativos determinados. Se
puede dar el caso de que una corporación municipal cumpla los objetivos fijados
(actuación eficaz) pero que no minimice sus costes (actuación ineficiente).
El análisis de la eficiencia comporta,
pues, un examen de la gestión o actuación de las organizaciones que abarca
todos los aspectos de la entidad. Incluyendo el ámbito financiero, aunque éste
no sea su único objetivo. Así pues, el control de la eficiencia no puede
basarse únicamente en los estados contables de síntesis, a pesar de que es el
procedimiento más cómodo y más rápido, ya que necesariamente será parcial,
porque sólo contemplará el aspecto financiero de la gestión de la entidad. La
técnica básica para medir la eficiencia vendrá dada por una comparación de los
valores de este ratio, bien con los resultados obtenidos en períodos
anteriores, bien con entidades similares, bien con unos niveles estándares o
bien con niveles proyectados al inicio del ejercicio.
Todas estas comparaciones deben
hacerse teniendo en cuenta que las circunstancias particulares que rodea el
desarrollo de una actividad o de un programa pueden haber variado en el tiempo
y que son indicativas, la mayoría de ellas, del mantenimiento o evolución de la
eficiencia, pero no denotan si se consigue el nivel más óptimo. De todos modos,
el análisis de las desviaciones observadas permitirá diseñar más concretamente
las acciones futuras, modificar algunas de concretas o redistribuir recursos
hacia otras actividades más prioritarias.
Hay que tener en cuenta que el grado
de eficiencia no es una magnitud en los diferentes niveles de ejecución de un
programa, ya que tiene una tendencia a crecer con el incremento de recursos
asignados hasta llegar a un punto a partir del cual un incremento muy grande de
recursos puede provocar una reducción de la eficiencia.
Si queremos evitar actuaciones
ineficientes y potenciar otras actividades con la asignación de los recursos
excedentes es necesario conocer el punto de inflexión a partir del cual el
aumento de recursos sólo provoca una reducción progresiva de la eficiencia.
Puede ser que en el ejercicio de una
actividad se haya llegado al punto máximo (lo cual implicaría no aumentar los
recursos dedicados a este programa), pero que no se hayan alcanzado los
objetivos propuestos y deseables socialmente (ineficacia). Los gestores de la
entidad deberán decidir si prevalece la eficiencia o la eficacia de ese
programa.
Si se trata de actividades imprescindibles
para satisfacer las necesidades personales y colectivas de los ciudadanos, es
probable que la consecución de los objetivos previstos pase por delante de la
asignación racional de los recursos (en términos de eficiencia). Una revisión
completa del programa, de sus objetivos, de las actividades y del impacto puede
ayudar a encontrar un equilibro entre las dos alternativas.
La principal dificultad para
establecer una medida de eficiencia de las administraciones municipales es que
la mayor parte de las veces sus objetivos son de carácter no financiero (por
ejemplo, "mejora de la circulación de la ciudad"). Ello implica que
algunos de los "inputs" y sobre todo los "outputs" sean
difíciles de cuantificar, y además hace que se añadan factores, generalmente de
tipo ambiental, que están fuera de control de la organización.
Además, la medida de la eficiencia de
los órganos de la administración municipal viene mediatizada por otras
restricciones impuestas por las limitaciones presupuestarias y por la ausencia
de un mercado y de un precio de mercado para la mayoría de los servicios
ofrecidos; por tanto, la magnitud que valore el "output" producido se
deberá expresar en unidades físicas homogéneas.
Otras dificultades que surgen en la
valoración del "output" de las actividades del gobierno son las
derivadas de la multiplicidad de actividades de cada servicio, del ciclo de
producción y de los contratos de prestación de servicios.
La mayoría de corporaciones
municipales ponen al abasto un gran número de servicios que se componen de
diferentes actividades, muchas veces difíciles de relacionar con los servicios
básicos. En consecuencia, la selección de una medida apropiada del
"output" requiere un examen previo de cada servicio, tanto para
identificar el "output" dominante como para poder valorar el producto
de cada una de sus actividades.
Normalmente, los servicios ofrecidos o
las actividades desarrolladas tienen una duración anual, en cambio, la duración
de ciertas actividades sobrepasa este período. Para evitar inconsistencias en
la valoración, es necesario hacer estimaciones anuales de la proporción de los
"outputs" producido y de los "inputs" que le son
atribuibles a cada ejercicio.
Para la valoración correcta del
"output" de las actividades contratadas a empresas privadas, es
necesario distinguir la parte correspondiente a la privada. Esta separación es
necesaria cuando la medida de los "inputs" (por ejemplo, trabajo)
sólo hace referencia a la actividad del gobierno.
Teniendo en cuenta estas premisas, se
pueden seleccionar las medidas adecuadas del "output" indispensables
para la evaluación de la eficiencia de las actividades de las administraciones
municipales.
Etiquetas:
Administración Municipal,
Corporaciones Municipales,
Eficacia,
Eficiencia
| Reacciones: |
jueves, 5 de julio de 2012
¿De quién son las empresas?
Estos días estamos viviendo unos momentos
verdaderamente convulsos en nuestra Economía. La concatenación de preocupantes,
a veces esperpénticas, noticias económicas nos hacen plantearnos unas cuestiones
verdaderamente trascendentes: ¿de quién son las empresas? ¿de los ejecutivos
que las dirigen? ¿qué papel deben tener los directivos en el tejido
empresarial?
Las dificultades para llegar a ser un administrador
efectivo, requieren ser sopesadas a la luz de una tendencia especial que se da
en nuestra cultura: la angustia o inquietud de su papel. La relación entre el
individuo y la sociedad se caracteriza hoy en día por una confusión de pautas, una
falta de claridad en cuanto a lo que la sociedad espera de los individuos en el
cumplimiento de sus obligaciones.
Por el término "papel" se entiende la
forma en que los demás, que representan la normalidad social, esperan que un
individuo se comporte, la respuesta del individuo a estas esperanzas, y su
anhelo por demostrar que actúa en la forma adecuada. Estas varias perspectivas
cambian de acuerdo con el puesto que la persona ocupa en la sociedad, ya sea
como empresario, trabajador, político, profesor, padre o hijo.
En la sociedad actual, estas definiciones han ido
perdiendo su claridad, precisamente cuando ésta se hace más necesaria.
Una incómoda sensación de incertidumbre acosa a los
hombres sentados tras las mesas de trabajo en las grandes oficinas de los órganos
de poder de nuestra sociedad. El pasado deliciosamente concreto ha sido
derrumbado por el impreciso y transitorio presente y por el imprevisible futuro.
Los hombres situados en los centros neurálgicos de grandes decisiones reciben
información, sopesan las probabilidades y adoptan decisiones acerca de
problemas y acontecimientos que, por contraste, hacen parecer las actividades
de sus predecesores desesperadamente lentas e ineficaces.
La vida del ejecutivo, particularmente en las
grandes organizaciones es una prueba rotunda de su madurez emocional. Pocos de
los que se sumergen en esta vida conocen con exactitud hasta que punto corren
el peligro inminente de verse desarraigados de sus cimientos emocionales. El
esfuerzo y la tensión en el cometido de su labor, se refleja en su afán por
alcanzar el ideal de comportamiento realmente eficaz, que culmine con las máximas
cotas de remuneración, tangible o intangible, a su esfuerzo y desvelos. La
coincidencia en el espacio y tiempo de pluralidad de ejecutivos con niveles de
madurez emocional distintos, objetivos vitales y profesionales diferentes y,
porque no decirlo, formaciones humanas diversas (alejadas en mayor o menor
medida de valores como la justicia y la equidad), provocan tensiones en las
relaciones humanas que, casi siempre, se extrapolan al ámbito social de su
actuación.
Así, los ya habituales seriales que aparecen en la
prensa económica sobre luchas por el poder en sociedades que cotizan en Bolsa o
por posiciones que permiten controlarlas, llevan una vez más a preguntarse qué
pinta en todo esto el ciudadano que ha convertido una parte de sus ahorros en
un pequeño paquete de acciones de una de estas sociedades. No parece que las
batallas que presenciamos tengan su razón en defender el beneficio del
accionista. Más bien parece que los protagonistas de estas luchas buscan
oportunidades personales o de pequeño grupo.
Consejeros de importantes empresas españolas
reconocen que sus sociedades maquillan de alguna forma las cuentas. En
realidad, importantes y no tan importantes empresas; es prácticamente algo
generalizado. En años buenos se esconden beneficios para hacerlos emerger en
años menos buenos. En circunstancias tristes se realizan operaciones
extraordinarias o se recurre a la "ingeniería" contable-financiera
para cambiar planteamientos de amortización, revalorizar activos, aflorar
plusvalías, etcétera. Expertos en cirugía estética de balances, mediante
infinidad de artilugios, como la fusión de compañías del mismo grupo,
segregaciones u otras intervenciones más o menos de papel, pueden darle un verdadero
"new look" a las cuentas de la empresa.
Es curioso que ni los profesionales de la inversión,
ni los accionistas se quejen de esta situación. Un seguimiento de la cotización
de algunas compañías muestra que la valoración del inversor no penaliza
severamente la chapuza contable o la batalla por el poder. A veces, hasta
parece que a mayor irregularidad, mayor atractivo: la cotización sube a medida
que se suceden construcciones tan enigmáticas como sorprendentes. Tras unos
resultados en el ejercicio que cortarían la digestión a un alumno de primer
curso de economía y unos camuflajes contables que provocarían infartos a sus
profesores, llega la junta general y pueden provocar aplausos. Uno podría
pensar que el accionista es, en realidad, un jugador: lo que le gusta es que
los gestores de la empresa agiten los dados y los echen, a ver si hay suerte.
Si aceptamos esta hipótesis y construimos sobre
ella, tendríamos pues que los propietarios de las empresas serían, en realidad,
un conjunto de jugadores. En esas condiciones, la alta dirección de esas
empresas deberá dedicarse, sobre todo, a animar el juego. Atraer apuestas,
volver a "enganchar" al que ha perdido en una jugada, agitando de
nuevo con tal arte los datos que le hiciera pensar: esta vez si que voy a
ganar. Estos gestores procurarían aparecer con frecuencia en la prensa,
alrededor de sus partidas, incluso anunciando sus cartas públicamente, para
atraer apostantes. Por el contrario, el gestor que se limitase a hacer las
cosas lo bastante bien para ir manteniendo un crecimiento razonable y
saludable, pero sin triples saltos mortales, sería visto como aburrido y
anticuado. Si además produjese unos informes simples y transparentes sobre la
situación de la empresa (la verdad suele ser simple), entonces ya carecería
absolutamente de atractivo.
Siguiendo con la hipótesis que los gestores de la
empresa se dedicasen a hacer sus negocios personales, aprovechando su situación
de poder y control, hasta podría con alguna genialidad de tanto en tanto. Por
eso, nadie se preocuparía mucho de que luchase por el poder ya que eso sería el
preludio de emocionantes partidas más adelante.
Si la hipótesis respondiese a la realidad, en fin,
para que qué regular el mercado si eso le iba a quitar emoción a la partida y
en cualquier caso no respondería a los deseos de los propietarios de las
empresas.
Si pensamos que la situación actual no es sana,
entonces tendrían que cambiar mucho las cosas. Si pensamos que el propietario
de la empresa debe ser un ahorrador y no un jugador, entonces puede ser que
tengamos que pensar en otros accionistas y también, sin duda, en otro tipo de
gestores y de consejeros. Habría que asegurarse que la propiedad desea
incrementar su riqueza financiando el tipo de servicio a la sociedad que presta
la empresa en la que invierte y que gestores y consejeros se preocupan de la
buena marcha de la compañía y no de realizar beneficios periféricos a la misma.
Llegar a un cambio de cultura así requerirá muchos
años y vendrá estimulado por la presión del resto de Europa, por la presión internacional.
Las empresas centro y norte europeas suelen ser de las que llamaríamos
aburridas: las cuentas claras y los negocios personales a costa de la compañía,
pecado mortal. Este tipo de consejo lleva a tener que explicar mucho lo que se
hace y a consensuar decisiones. Esto, a su vez, puede provocar cierta lentitud
de decisiones pero lleva a estudiar más los problemas y a no perder tiempo una
vez puestas las decisiones en la práctica.
Mientras tanto, tendríamos que contenernos mucho al
afirmar que nuestras empresas de hoy en día son de los accionistas. Estos ponen
las fichas sobre la mesa y con eso apuestan. Luego se entera del resultado y
ganan o pierden. Pero no saben qué pasa en la partida, si se juega con trampa
ni a veces, a qué se juega. Los verdaderos propietarios son, con frecuencia,
los gestores, que a veces utilizan la potencia de la compañía en beneficio
propio. La aceptación de esta situación por todos hizo tolerable la lucha
pública por el poder ante unos consejos colaboradores o simplemente sin opinión,
favoreciendo la entrada en el escenario de actores sociales que incluso eran
desconocedores de las más elementales reglas del juego (por ejemplo en nuestro
modelo de cajas de ahorro).
Recuerdo que a principios de los años 70 se empezaba
a hablar de la reforma de los consejos y del papel de los consejeros, pero la
crisis energética postergó aquella emergente preocupación. La degradación del
más alto nivel corporativo que estamos viviendo quizá aconseje resucitarla, y
acometerla con urgencia, cuando probablemente hubiera sido mejor ejecutarla sin
tanta precipitación como la que nos veremos obligados a aplicar ahora.
Etiquetas:
valores humanos,
ética empresarial
| Reacciones: |
domingo, 17 de junio de 2012
En defensa de la ECONOMÍA
En febrero comentábamos que estamos en crisis. A estas
alturas parece algo obvio, ¿verdad?
Referíamos que esta
situación esta siendo un fuerte golpe para la cultura del “todo vale" y
por el mercado emergente a su alrededor.
Pero este drama se
está encarnizando, a mi parecer desmesuradamente, con el concepto de la
Economía. No todo es culpa de la Economía. Quizás deberíamos analizar que es
realmente la Economía y para qué se estudia.
Son éstas dos preguntas distintas, ambas necesarias y que tienen su
justificación y espero me sirvan para salir en defensa de un concepto
primigenio de la Economía.
Veamos qué es realmente la Economía.
Hay de ella muchas definiciones, casi todas
demasiado amplias o demasiado estrechas. Por ejemplo, oiremos decir a menudo
que la Economía es la ciencia de los precios. Esta definición peca de estrecha.
Muchas cosas no ostentan precio y, sin embargo, tienen gran importancia
económica. El trabajo que hacen las mujeres en sus casas, por ejemplo, no entra
nunca directamente en el proceso de formación del precio: pero tiene
importancia económica porque el aumento o disminución del que se haga afecta a
los salarios pagados a las mujeres que trabajan fuera de sus casas, el precio
de la maquinaria economizadora de trabajo, el mercado de casas, y así
sucesivamente hasta, por ejemplo, el abastecimiento de ganado de engorde. Y
esto último no es una exageración ni mucho menos: los grandes trozos de carne
no caben en uno de esos hornos pequeños para habitaciones construidas con el
propósito de ahorrar trabajo al ama de casa; por eso quienes los compran son
hoy menos que antes, cuando a las mujeres les impacientaba menos el trabajo
doméstico, y por eso los ganaderos ya no encuentran lucrativo criar los mejores
tipos de ganado de engorde. Del mismo modo, todo el mundo sabe la importancia
económica que tiene una buena educación: pero la intervención del Estado para
hacerse cargo de ella la está desviando del campo de la formación del precio.
Por otro lado, quizás oigamos decir que la Economía
es la ciencia de los negocios habituales: cómo los hombres obtienen su riqueza
y de qué manera la gastan. Esta definición es verdadera en un sentido; pero
demasiado amplia. La Economía no estudia todo eso. No se ocupa del aspecto técnico
del problema. Si esa definición fuera buena, un economista, para poseer todos
los conocimientos necesarios para el desempeño de su misión, tendría que ser
buen ingeniero, buen agricultor, buen químico y tener otra docena de
especialidades, cosa que no suele ser habitual. La Economía, en realidad, sólo
estudia lo que sucede cuando las cosas son escasas. Si la comparamos con la
mecánica, veremos que ésta se ocupa sobre todo del hecho de que los cuerpos se
atraen entre sí. No se interesa por su olor, sabor, color o propiedades
químicas. Así también a la Economía no se ocupa, al menos en primera instancia,
de la estructura y técnica de producción de ningún artículo, sino sólo de el
hecho de que éste es escaso. La escasez es la propiedad que le interesa al economista,
como al físico el peso y la masa.
Muy bien, podemos entonces concluir que la Economía es
la ciencia de la escasez.
Veamos, ahora, el por qué debemos estudiar la
Economía.
Vale la pena estudiar la Economía por sí misma como
ejercicio mental.
En cierto sentido se encuentra en una situación
desventajosa en comparación con las ciencias físicas, porque sus conclusiones
no pueden comprobarse con experimentos de laboratorio. Pero este mismo defecto
es una ventaja en otro sentido, a saber, considerado como medio de constituir
un razonamiento lógico bien equilibrado. Después de todo, ni en los negocios,
ni en la administración o la política, ni en la vida diaria, hay muchas
situaciones susceptibles de sujetarse a pruebas experimentales. La Economía desarrolla
una de las cualidades más valiosas: el sentido de la evidencia; es decir, la
facultad de poder apreciar sin ayuda mecánica el valor y la importancia de las
varias consideraciones que se ofrecen a nuestro criterio.
Pero poca gente se contenta con una ciencia que no
ofrece sino una gimnasia mental interesante, sin servir a ningún fin material.
Y hay quien ha objetado que la Economía es una ciencia superflua, pues, después
de todo, los negocios son su principal objeto de estudio, y, por lo tanto, lo mejor
sería dejarla al cuidado de los negociantes. Ahora bien, esto apenas es menos
absurdo que argüir que el estudio de la zoología y la evolución debe dejarse a
los animales. Desde luego es verdad que desde su punto de vista, el negociante
ve las cosas con mucha mayor claridad que el que estudia desde lejos. Pero no
nos interesa su punto de vista; nos interesa algo mucho más amplio. Si un
conejo pudiera hablar nos contaría de su vida muchas cosas (y muy interesantes)
que nosotros no vemos; pero ni siquiera un “superconejo” dotado de inteligencia
humana podría decirnos nada por experiencia propia de las leyes de la
evolución. Es verdad que podría decir que no sirven, puesto que el conocerlas
no le ayudaría a meterse en un agujero cuando le persigue el zorro; y un
fabricante de automóviles podría decir que el saber economía no le sirve,
porque no le dice la forma de retrovisor que gustará más al público. Pero esto
no hace que ninguno de los dos grupos de leyes sean poco importantes para los
animales o los industriales en general (sobre todo para los segundos, tras la
gran expansión del marketing y la fiabilidad de los estudios de mercado, que si
pueden orientar la producción en base a las preferencias del consumidor).
Aunque las enseñanzas de la Economía son generales,
tampoco carecen por completo de utilidad práctica. Ningún libro de texto de
Economía dirá a un negociante exactamente lo que tiene que hacer en un momento
dado, o dará a un gobierno instrucciones completas para gobernar un Estado.
Pero les mostrará algunas de las trampas que tienen que sortear. No se puede
redactar una buena ley sobre la industria minera o un proyecto de arancel de
aduanas, o planear una campaña de racionalización industrial, por el simple
hecho de tener un conocimiento superficial de los principios de la Economía;
pero teniéndolos presentes se pueden criticar estas cosas.
La Economía no es la piedra filosofal, que convierte
en oro todo lo que toca; pero nos ayudará al menos a distinguir el oro de los
metales viles. También a seguir la cadena de causa y efecto en el
complicadísimo mundo económico de hoy, sin que nos desvíen hacia caminos falsos
pseudo-estadistas que llevan a un fin interesado, mentecatos políticos ni
"acrobacias" y sensacionalismos periodísticos. Los conocimientos que
se adquieren con la Economía serán útiles para todos y especialmente serán
indispensables para los descontentos con las imperfecciones de la organización social
de hoy. La Economía no bastará para construir un milenio, pero es una
herramienta esencial para levantar ese edificio, y para cualquier demolición
preparatoria que pueda ser necesaria.
Concluyendo, podemos afirmar que la Economía es la
ciencia de la riqueza. Ésta consiste en bienes y servicios lo bastante escasos
como para ser susceptibles de usos alternativos y tener un valor en dinero.
El estudio de la Economía es valioso como ejercicio
de lógica y como reflector que ilumine los acontecimientos de la vida diaria.
Etiquetas:
crisis,
Economía,
Escasez,
Usos alternativos
| Reacciones: |
viernes, 8 de junio de 2012
El pacto fiscal
Ante el rabiosamente actual tema del pacto fiscal, creo pertinente enmarcar todo lo opinable en un justo y certero conocimiento de lo que la ciencia económica, consideraciones partidistas aparte, puede decir al respecto.
La Hacienda local y autonómica surgen de la consideración de los conceptos básicos de Hacienda pública y espacio.
En la ciencia económica el espacio tardó, sin embargo, en hacerse sitio. Las grandes corrientes del pensamiento económico (clasicismo, marginalismo, Keynesianismo, etcétera) han contemplado, en general, la Hacienda Pública bajo una óptica unitaria sin plantearse las cuestiones teóricas de la existencia en el espacio estatal de diferentes centros de decisión sobre ingreso y gasto público a distintos niveles del central y unitario. Una importante excepción a esta regla ha sido la aportación de la escuela alemana, tal vez a causa de su enfoque historicista que, al no admitir la existencia de leyes económicas universales, ha repudiado el uniformismo científico y ha gustado del estudio de los hechos diferenciales de las distintas comunidades, tanto intra como internacionales. La preocupación alemana por los problemas espaciales constituye una constante histórica.
No obstante, descentralización fiscal y federalismo fiscal no son expresiones sinónimas. Efectivamente, el binomio Hacienda Pública más espacio conduce a la organización, dentro de un mismo Estado, de distintas unidades de decisión sobre ingresos y gasto público: son las haciendas locales y autonómicas.
El federalismo fiscal (que el lector, por supuesto, tampoco deberá confundir con la "teoría del federalismo") se plantea el análisis de las interrelaciones que surgen en el proceso de ingreso y gasto público entre cada una de las Haciendas locales y autonómicas (tanto en relaciones a un mismo nivel, comunidades locales o autónomas con otras comunidades locales o autónomas, como con la Administración Central). En el primer caso se habla de relaciones o coordinación horizontal entre las distintas Haciendas, y en el segundo vertical o piramidal.
Pero la problemática de las Haciendas periféricas (locales y autonómicas) es más amplia. No sólo se preocupa de las relaciones de las Haciendas locales y autonómicas, sino también de la problemática interna de cada una de ellas. Sólo la faceta externa constituye el objeto de estudio del federalismo fiscal. La faceta interna debe estudiarse a nivel local o autonómico, según en cada caso proceda, buscando individualizadamente el equilibrio entre sus propios gastos y sus propios ingresos.
Aunque los problemas concretos de un sistema fiscal descentralizado o "federalismo fiscal", como suele ser denominado, se encuentran incorporados a un entorno histórico, será útil comenzar su estudio desde un punto de vista normativo. En este sentido la teoría del federalismo fiscal se reduce esencialmente a estudiar cuál debería ser el tamaño óptimo de una jurisdicción fiscal para que pudiese cumplir en condiciones óptimas con sus funciones y competencias.
La determinación del tamaño óptimo de estas jurisdicciones está en función de los objetivos fundamentales que persigue toda actividad financiera del Estado, a saber:
1. Eficacia en la asignación de recursos.
2. Redistribución justa y equitativa de la renta.
3. Estabilización económica en precios, empleo y equilibrio exterior.
4. Crecimiento económico.
En consonancia con estas cuatro cuestiones básicas, la pregunta releva nte que se hace es, ¿cómo alcanzar de forma racional y óptima tales objetivos de la política presupuestaria dentro de los distintos niveles de poder o jurisdicciones fiscales?. O dicho de otra manera, ¿a qué nivel de gobierno, centralizado o descentralizado, es mejor conseguir estos objetivos?
La respuesta del colectivo economista ha sido homogénea, señalando que en la función de asignación óptima de bienes públicos, son las Haciendas periféricas las más adecuadas para su concesión, mientras que en los tres restantes casos, es la Hacienda Central la que puede actuar con mayor eficacia.
Convenido entonces que la función de asignación se encuentra más directamente relacionada con el problema federal y plantea las cuestiones más difíciles, surgen dos interrogantes básicas:
1. ¿Deben proporcionarse los bienes y servicios sociales para que resulte una asignación óptima?
2. Si la respuesta a la pregunta anterior es afirmativa, estaremos conviniendo que la descentralización fiscal permitirá una mayor eficacia en la asignación de recursos. En este supuesto, ¿qué tipo de jurisdicción fiscal, o qué tamaño de la Hacienda Periférica es el más adecuado?
La respuesta a estos interrogantes requiere elaborar toda una concepción teórica en la que se imponen restricciones y supuestos limitativos: que la actividad financiera del Estado bajo este escenario de descentralización fiscal permita una redistribución justa y equitativa de la renta, mantener una estabilización económica en precios, empleo y equilibrio exterior y que favorezca el crecimiento económico.
En este sentido, la teoría del federalismo fiscal se desarrolla teniendo en cuenta únicamente los bienes públicos, considerando que si en algún caso los efectos externos a su ámbito territorial pueden ser catalogados como de ámbito estatal, el ejemplo típico es la defensa nacional, existen otros supuestos en que los bienes públicos producen efectos geográficamente limitados a un entorno territorial menor, caso de un servicio contra incendios, que sólo puede producir utilidades a los miembros que directamente lo necesiten y a los que viven en un círculo más o menos próximo. De todos modos, y a pesar de estos supuestos, dicha teoría del federalismo fiscal toma como dato la generalidad de bienes públicos, sin mayor precisión que la de distribución del coste según parámetros territorialmente identificables y cuantificables.
Teniendo en cuenta estos condicionamientos, la provisión óptima de bienes públicos determina:
1. Que el punto de asignación ha de ser aquel para el cual el precio se iguala al coste marginal (coste criterio de producir la última unidad de producto).
2. Que cada sujeto debe pagar un precio-impuesto por el bien público tal que iguale a la utilidad marginal (utilidad de la última unidad de producto) que percibe de su uso o consumo.
3. Que la cantidad del bien público ofrecida correspondiente a una asignación óptima, viene dada por la suma de todos los precio-impuestos pagados por los consumidores, y cuando ésta se iguale al coste marginal de producción.
4. Por último es necesario tener presente que las distintas jurisdicciones o haciendas periféricas pueden diferir en sus preferencias por los bienes públicos, lo que conduce a la práctica imposibilidad de que existe un único patrón de aprovisionamiento de bienes públicos.
En relación con lo considerado en los dos puntos últimos, la teoría de la asignación, aplicada al sector público, lleva a la conclusión de que los servicios públicos deberán ser prestados y su coste compartido, en línea con las preferencias de los residentes en la región de beneficio correspondiente.
Además, se da el hecho de que es necesaria la existencia de un proceso político para asegurar la manifestación de las preferencias de los distintos sujetos en cada hacienda periférica. En otras palabras, los servicios que son de ámbito estatal, en cuanto a la incidencia de sus beneficios, deberían ser facilitados a escala estatal, mientras que aquellos otros que presentan beneficios locales o autonómicos, periféricos en suma, deberían ser prestados por unidades administrativas de tal naturaleza, en un escenario de control tanto de ingresos como de gastos y enmarcado en una política fiscal estatal que valide los objetivos financieros del Estado anteriormente referidos.
Etiquetas:
Descentralización Fiscal,
Federalismo Fiscal,
Fiscalidad,
Hacienda Central,
Hacienda Periférica,
Hacienda Pública,
Pacto Fiscal
| Reacciones: |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)